El economista naturalista III
Uno de los peores efectos, por no decir el más dañino de todos, que tienen estas teorías equivocadas es que, como no saben explicar la realidad, echan la culpa a la realidad de que el mundo no funcione según sus impecables modelos teóricos, por lo que la única manera de atemperar el problema es reconducir la realidad hacia donde nos conviene mediante el intervencionismo. Así resulta que, como el consumidor prefiere Windows, Microsoft deberá pagar descomunales multas por abuso de posición dominante, conseguida a base de darle al público lo que este desea. Hete aquí la solución: reducir la libertad. Un bonito ejemplo lo tenemos en la pregunta que se hace en el libro:
“¿Por qué la Ley de Normas Laborales Justas obliga a los empleadores a pagar con un recargo todas las horas trabajadas fuera del horario habitual de cuarenta horas semanales?”
Y contesta:
“Posiblemente, la razón de exigir a los empleadores que paguen un recargo por las horas extraordinarias se asemeja a la razón de obligar a las empresas a prevenir los riesgos laborales. Aunque un individuo pueda aumentar sus posibilidades de ascenso trabajando más horas, cuando los demás hacen lo mismo, las posibilidades de promoción que tiene cada uno acaban siendo prácticamente las mismas que al principio. Al final, la competencia febril entre los trabajadores degenera en que todos tienen que trabajar todas las tardes hasta las ocho para no quedarse atrás”.
Que es lo mismo que decir que los trabajadores, esos pobres diablos, víctimas de sus bajas pasiones y de sus vicios, incapaces de pensar y que no saben lo que les conviene, necesitan ser protegidos de sí mismos por el legislador bondadoso. Mediante la coacción evitaremos esa competencia febril que no les llevaría a otro lugar que no fuera el hospital o la tumba. Unos ejemplos:
a) Sea un matrimonio con dos hijos pequeños, ambos en paro. Sin dinero para hacer frente no sólo a una hipoteca sino con dificultades para alimentar a sus retoños. Uno de ellos encuentra trabajo pero no le permiten hacer horas extras por su propio bien, así que tiene que elegir entre pagar la hipoteca para mantener a cubierto a su familia o alimentarles y vivir bajo un puente.
b) Sea un matrimonio que vive desahogadamente. Les gusta pasar tiempo con sus hijos y pueden hacerlo así que ninguno de los dos hace horas extra que les impediría disfrutar de la familia unas horas más al día.
c) Sea un joven que desea una moto para disfrutarla durante el verano. Conseguirá el dinero necesario si hace horas extras, pero no va a poder ser porque se lo impiden bajo la excusa de protegerle de la competencia febril.
En los ejemplos vemos que la ley impide la felicidad en unos casos y es innecesaria en otro caso. Esta mentalidad paternalista (despótica) presupone una irracionalidad en los agentes que operan en el mercado que les lleva a competir sin descanso hasta conseguir un determinado fin. Pero no todos tienen los mismos fines ni tampoco eligen los mismos medios para conseguirlos.
Tampoco tiene en cuenta este enfoque lo que sería la otra cara de la moneda. Dice más arriba:
“A causa de la desincentivación que supone este recargo (mayor precio de la hora extra), la mayoría de ellos limitan las horas extra a las necesidades de producción imprevistas, que son poco frecuentes.”
¿Alguien entiende como puede darse una competencia febril en la realización de horas extras si no hay una necesidad de producción imprevista?
El libro continua por esos derroteros y siempre cometiendo errores del tipo que hemos estado exponiendo. No obstante, creo que es un libro altamente recomendable para leerlo inmediatamente antes o después de los siguientes: el primero, escrito en 1946 y que no ha perdido actualidad, se trata de “La economía en una lección” de Henry Hazlitt; otro más reciente que se titula: “Una introducción al razonamiento económico” de David Gordon (en español ) y, por último, un compendio de escritos mucho más antiguos escritos por Frederic Bastiat titulado “Obras escogidas”.








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