Los excesivos emolumentos de los directivos.

“4.3. Uno de los problemas que han surgido se relaciona con los métodos de incentivación a los altos directivos y los responsables de los bancos de inversión. Sería necesario proceder a su revisión y restablecer unos niveles razonables que se correspondieran adecuadamente con los beneficios y los resultados de las empresas. En la actualidad, tanto los trabajadores como los consumidores que padecen la crisis financiera desaprueban los excesivos ingresos de los altos directivos, que contribuyen a agudizar las dificultades. Dichos ingresos siguen siendo a menudo elevadísimos, independientemente del éxito, o no, de sus resultados.”
(ECO/216 La dimensión ética y social de las instituciones financieras europeas, Bruselas 23 de octubre de 2008)

La cruzada contra las obscenas retribuciones de directivos y consejeros no es nueva ni europea. Una consulta en cualquier buscador dará como resultado cientos de noticias y artículos de opinión contra lo que el público, los medios y los políticos consideran la máxima expresión de la codicia. No piensan lo mismo sobre los ingresos de David Beckham, Miquel Barceló o Brad Pitt. No es necesario “proceder a su revisión” ni a “restablecer unos niveles razonables que se correspondieran” con un aplausómetro, por ejemplo. ¿Por qué se trata de forma diferente la legitimidad de los ingresos de las personas? Sencillamente porque no se perciben con la misma claridad los beneficios que obtiene la sociedad con su trabajo. Una buena interpretación, una falta magistralmente ejecutada que acaba en gol o el placer para los sentidos que produce una magnífica obra de arte, es directamente percibida por el público, pero el trabajo de directivos y consejeros que se manifiesta en menores precios de los productos, en puestos de trabajo, en tecnología que nos ahorra tiempo y esfuerzo, etc., es más difícil de asociar a estrategias o, simplemente, a decisiones diarias que no trascienden a la prensa.

Las remuneraciones de directivos y consejeros, como los de sus empleados, o de artistas, deportistas y profesionales, son precios, como precios son el de un Ferrari, un bistec, una entrada para un partido de fútbol, un vuelo en Lufthansa a Montevideo, un libro o un piso. Son el resultado de un acuerdo entre dos partes y lo determina la oferta de personas con talento y la demanda de personas con talento. Tales remuneraciones tienen un máximo en el tope que marca la utilidad marginal, es decir, no se pagará más sueldo, stock options, membresías de clubes exclusivos, automóviles e indemnizaciones que las que marque como tope el resultado adicional descontado que van a obtener los accionistas por las decisiones tomadas por estos directivos y consejeros con talento. De ello se deduce, primero, que no roban a los accionistas sino que les hacen ganar más y, segundo, el consumidor no pagará más por un producto fabricado por una empresa que ha contratado a un directivo con un sueldo escandaloso, puesto que tiene otras alternativas. Está claro ahora que pronunciarse sobre las retribuciones de directivos y consejeros sólo está al alcance de quien posee los elementos de juicio necesarios para valorarlo, que no son otros que los accionistas que ¡oh, casualidad! son los que mejor cuidan de su dinero. ¿Cómo puede saber un periodista, un actor o un estudiante o, muchísimo menos, un político, ajenos al accionariado de una empresa, si les sale a cuenta o no a los accionistas de ésta pagar las remuneraciones que pagan?

Como el peso de los argumentos empleados anteriormente suelen atemperar la virulencia de las críticas, la mayoría popular, mediática y política cambia de tercio y dirige ahora su artillería hacia las retribuciones diferidas o sea, en los blindajes, ‘paracaídas dorados’ o ‘indemnizaciones por despido’. Como resulta que tales emolumentos, que se nos antojan astronómicos, son entregados precisamente cuando la empresa se deshace del directivo o consejero que ha fracasado, pocos pueden entenderlo, especialmente en estos días de crisis. Pero debemos tener en cuenta que, desde el punto de vista del directivo exitoso de una empresa que es tentado por otra para que trabaje con ellos, no sólo deben pagarle más sino compensarle por la dificultad, sino imposibilidad, que, en caso de despido, tendrá para volver a su anterior trabajo, donde estaba bien considerado y disfrutando del éxito, o para encontrar otro ahora que tiene marcada en la frente la palabra fracasado. Por otro lado, un directivo que ha fracasado no puede seguir responsabilizándose de presupuestos multimillonarios para no hacer perder más dinero a sus accionistas por lo que puede ser más que rentable pagarle esas cantidades que indignan tanto a público y prensa con tal de que se vaya ya.

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