El economista naturalista I
“El economista naturalista” es uno más de una serie de libros divulgativos para legos en materia económica que han sido publicados en los últimos años. Con un lenguaje claro, trata de que hechos aparentemente incomprensibles que se dan a diario, sean inteligibles para todos acostumbrándonos al uso de la lógica económica. Publicado hace más de un año en EE.UU., se convirtió pronto en best-seller y Grup 62 a través de Ediciones Península lo editó en mayo en español. En BRM hay una lista de bloggers que han revisado el libro en profundidad por lo que yo no haré una reseña del libro sino que me limitaré a reflejar una serie de errores contenidos en el mismo y que son propios del pensamiento económico dominante.
Robert Frank, profesor de economía en Cornell University y coautor con Ben Bernanke de “Principios de Economía”, “Macroeconomia” y “Microeconomia” llena casi 300 páginas de preguntas y respuestas que, según explica él mismo en la introducción, “eligió no sólo por su interés, sino porque requieren la aplicación de los principios más importantes de la economía elemental”.
El intento de acercar la economía a quienes la desconocen es encomiable y sólo por eso este tipo de libros ya merecen un aplauso, pero también se corre el peligro de divulgar principios muy alejados de la realidad que pueden confundir más que aclarar. Por desgracia, en el libro se justifican respuestas que unas veces descansan en principios económicos erróneos y otras toman el camino de la economía cuando deberían haber optado por el de la tecnología. Por ello Robert Frank se excusa de la siguiente manera en el blog Freakonomics (de Stephen J. Dubner, autor de Freakonomics):
“Cuando describo a mis alumnos mi escrito “economista naturalista”, hago hincapié en que no es importante que las respuestas a las preguntas que plantean sean correctas más allá de toda duda. Mucho más importante es que las preguntas por sí mismas sean interesantes y la propuesta de respuestas económicamente plausibles. El aprendizaje estimulado de esta manera deriva menos, creo, de la escritura de documentos por sí mismos que de la animación de debates provocados por las preguntas.
Yo estaba, por tanto, muy alentado por las animadas respuestas del lector a los ejemplos de “El economista naturalista” que se dieron recientemente en este blog. Me alentó, también, que una búsqueda en Google, pocos días después de la entrada, superó fácilmente más de 100 enlaces distintos de Internet a dicha entrada. A mis ojos, esa es la verdadera belleza de la tarea de escritura: Una vez que los estudiantes logran plantear una pregunta interesante, de inmediato quieren discutirla con otros. Y en el proceso, se encuentran un sinfín de oportunidades para perfeccionar su forma de pensar acerca de lo que una buena respuesta podría parecer. En resumen, aprenden mucho de estas conversaciones, al igual que yo lo hice de la lectura de sus comentarios.
Estos intercambios también proporcionan oportunidades valiosas para rectificar probando el poder de puntos de vista opuestos. Así que me complace aprovechar la invitación a responder a algunas de las críticas de las explicaciones de mis estudiantes.“
Donde antes dijo que las respuestas fueron elegidas “porque requieren la aplicación de los principios más importantes de la economía elemental”, ahora, después de las críticas, hace “hincapié en que no es importante que las respuestas a las preguntas que plantean sean correctas más allá de toda duda”. A lo anterior siempre se le llamó ‘hacer de la necesidad virtud’. Ni a Robert Frank ni a ningún otro economista le puede alentar encontrar en Google cientos de dislates “económicamente plausibles” como si se hubiera levantado una suerte de veda para decir la tontería económica de la semana puesto que significaría que no se han entendido bien los principios que intentó trasmitir. De hecho se muestra sinceramente escandalizado (pág. 20 de la edición en español) de que haya gente que después de un curso de economía no sepa lo que es el coste de oportunidad.
En otro momento explicaré algunos de los errores neoclásicos más comunes que aparecen en la mayoría de las respuestas dadas en el libro. Para empezar, veamos cómo trata Frank el coste de oportunidad.
“… suponga que le ha tocado una entrada gratis para ir esta noche a un concierto de Eric Clapton. No puede venderla. Bob Dylan toca también esta noche y su concierto es la única alternativa que considera. La entrada para el concierto de Bob Dylan cuesta 40 dólares y estaría dispuesto a pagar hasta 50 por verlo cualquier día. (Dicho de otro modo, si la entrada de Bob Dylan costase más de 50 dólares, no iría a verlo aunque no tuviese otra cosa que hacer.) No hay más costes que considerar en ninguno de los dos casos. ¿Cuál es para usted el coste de oportunidad de asistir al concierto de Eric Clapton?”
Y luego realiza el cálculo:
“Si no va a este concierto (Bob Dylan), deja de ver una actuación que habría tenido para usted un valor de 50 dólares, pero ahorra los 40 que habría tenido que pagar por la entrada de Bob Dylan. Por tanto, el valor de aquello a lo que renuncia es 50-40=10 dólares. Si ver a Eric Clapton tiene para usted un valor de al menos 10 dólares, debería ir a este concierto. De lo contrario, debería ir al de Bob Dylan.”
Pero resulta que el valor subjetivo que cada uno de nosotros daría a los conciertos no se puede expresar en unidades monetarias (no es posible decir tal cosa como que el concierto de Dylan “habría tenido para usted un valor de 50 dólares” ni siquiera por la misma persona que valora el concierto), tan sólo se manifiestaría en el momento en que tomásemos la decisión de ir a uno u otro concierto. Por tanto no tiene sentido la siguiente propuesta:
“Paul Ferraro y Laura Taylor plantearon la pregunta Clapton/Dylan a varios grupos de estudiantes para ver si sabían responder. Los encuestados sólo tenían que elegir entre cuatro posibilidades:
a) 0 dólares.
b) 10 dólares.
c) 40 dólares.
d) 50 dólares.
Como se ha dicho, la respuesta correcta es 10 dólares, que es el valor de lo que usted sacrifica si no va al concierto de Bob Dylan.”
Si tenemos en cuenta un principio de economía elemental como es la imposibilidad de expresar en unidades monetarias el valor subjetivo que le damos a un bien, la respuesta correcta sería imposible de encontrarla entre las que nos dan a elegir, porque el coste de oportunidad es subjetivo y sólo puede estar clasificado en una escala individual de preferencias. Es decir, la valoración será “más que” o “menos que” pero no “50″, “40″, “10″ o “0″ y además sólo sabemos en cuánto valora el sujeto un bien cuando compre o no compre ese bien.









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